(Des)dibujando un mundo sin Adán.

ArteCuarentena

FOTO: Manuel Pablo Salazar

¿Te sientes frustrado, angustiado? ¿Ya estás harto de quedarte en casa? Te vendría bien una mano para tolerar lo que queda de cuarentena haciendo lo que ojalá ya tengas cubierto: estar solo. Pero, ¿cómo?

 Escribe: Manuel Pablo Salazar

“Ya no recibirás de segunda o de tercera mano las cosas, ni mirarás por los ojos de

los muertos, ni te alimentarás de los espectros de los libros,

Tampoco mirarás por mis ojos, ni aceptarás lo que te digo,

                                                          Oirás lo que te llega de todos lados y lo tamizarás.”                                                         

-Walt Whitman-       

Así acaba la segunda parte de Canto de mí mismo, obra del poeta Walt Whitman. Lo retomaremos más adelante, pero su promesa es el mejor principio para sumergirse en el espacio íntimo. La poesía es transversal a todo. La frase sería un buffet para los críticos que acaban por convertirse en los cardenales del arte. Pero, pese a todos sus intentos por simplificar la obra de un autor con movimientos, estilos y con cincel quirúrgico, solo existe un elemento en que convergen todos los poetas: ellos mismos. Sí, observemos el mundo con la lupa de la arrogancia. Y ¿cuánta más relevancia puede cobrar ese espacio que en épocas como esta, condenados a confrontarnos con nosotros mismos, a rehuir al escape fácil de la rutina que solo es una cadena apenas más sutil?

Pocos se imaginarían que, mucho antes de nosotros —desde el siglo XIX para ser más específicos—, ya los humanos han experimentado la soledad y el encierro sin necesidad de elaboradas cuarentenas o mucho que hacer, a veces todo lo opuesto. Alejandra Pizarnik fue una de ellas. Última poeta maldita, murió de sobredosis de seconal, un medicamento con que la trataban en el psiquiátrico que le había dado un permiso ese día. Ahí acabó el viaje que ya la tenía «cansada de la espera del yo de paso / Cansada de aquel amor que no sucedió / Cansada de mis pies que sólo saben caminar / Cansada de dormir y de no poder mirarme». Nacida de una familia de inmigrantes ruso-judíos, siempre se sintió distanciada incluso en su propio país. Los complejos la persiguieron hasta no sentirse conforme con su aspecto, coquetear con la filosofía, pintura y periodismo, sin decidirse sino siendo elegida por la poesía. Durante su tiempo en París, amistó con Octavio Paz, mentor de varios poetas y que le escribió el prólogo a su poemario Árbol de Diana (1962) y Julio Cortázar, quien rescató buena parte de su obra de ser destruida por la moralina de su familia. Su vida se trató de un auténtico encierro:

“El poema que no digo,

el que no merezco.

Miedo de ser dos

camino del espejo:

alguien en mí dormido

me come y me bebe.”

La rebeldía también es inmanente al hombre, pero eso ya lo han tratado autores como Albert Camus con mucha exactitud. El poeta frustrado por no poder escapar a la hipocresía de su sacra sociedad (¿te suena familiar?) trata de abstraerse como escape, pero eso no le basta, así que los placeres sin saciedad se convierten en su casa. O, como habría dicho Pizarnik: «una mirada desde la alcantarilla / puede ser una visión del mundo / la rebelión consiste en mirar una rosa / hasta pulverizarse los ojos.» Charles Baudelaire, maestro del simbolismo, desadaptado social, convivió con su madre y un padrastro que nunca quiso desde los seis años; pese a los intentos de su familia porque tuviese una “vida de hombre recto”, Baudelaire pertenecía a la bohemia, conviviendo entre prostitutas y artistas como él. Su convicción era firme: el remanente social, tan repudiado por la aristocracia, es también parte de la poesía. Su herencia le sirvió luego para aprovechar las mejores obscenidades del spleen de París, hasta que el cuerpo no resistió más y murió de sífilis.

“Al abrir mis ardientes ojos,
Miré el horror de mi cuarto
Y sentí, de nuevo en mi alma,
De la inquietud el aguijón;

El fúnebre son del péndulo,
Me recordó el mediodía;
Caía la oscuridad
Sobre el embotado mundo.”

Iniciales: WW. Nombre completo: Walt Whitman, cuánto misterio encierra su nombre, ni siquiera es su nombre. Aunque quisiese resumir en unas oraciones parte de su vida (y no quiero), ya es imposible. Hombre de múltiples personalidades, tres según Jorge Luis Borges, los hechos de su auténtica biografía se confunden con los del personaje universal que creó para su mayor epopeya: Hojas de hierba. Como Pizarnik, que se angustiaba de no encontrar un lugar que le perteneciera, o Baudelaire, que creía que cada uno tiene su propio lado marginal en escala, Whitman buscó hacer de su obra propiedad de toda la humanidad, una poesía para todos, omnisciente. Y así tenía que ser su personaje principal:

“Un niño me preguntó: ¿Qué es la hierba?, trayéndola a manos llenas,

¿Cómo podría contestarle? Yo tampoco lo sé.”

Pero la promesa era la intimidad. La hierba, así de simple, se puede encontrar en cualquier lugar: el jardín de un condominio, un parque público, carteles de droga. «Todo el arte en general, y eso no excluye a la poesía, tiene esta capacidad de mirar el mundo interior pero también hacia afuera, y funcionar como un termómetro», nos dice Alonso Rabí, reconocido escritor y catedrático especializado en literatura. Nos une como nuestras impurezas, dualidades e inseguridades. «Es importante tomar esto en cuenta: La poesía no se agota en la intimidad, va más allá». Entonces, puede ir más allá de este encierro forzoso, pero necesario y, así como una pandemia es la muleta que obliga a aislarse, también la chance de redescubrir nuestro propio mundo. Gracias a poetas de la talla de Whitman, cualquier lugar imaginable, cualquier recuerdo y cualquier experiencia están al alcance y podemos acceder a ellas cuando queramos, siempre que estemos dispuestos, así que: «¡Desnúdate! No eres culpable ante mí, ni usado ni inservible, / Veo a través de la seda y el percal, aunque no lo quieras, / Y soy cabal, tenaz, codicioso, incansable, y no podrás librarte de mí.»