El patriota

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Por Luiz Carlos Reátegui 

He visto en las calle y plazas de la ciudad, cómo es que los espacios se van tornando de un color rojo y blanco mientras se aproxima el término del mes de Julio. Incluso parece haberse vuelto una moda, a más colores rojo y blanco lleves puesto, eres más cool, eres más “chic”.

No sé cuánto de cierto habrá en esa súbita peruanidad moderna. Veo con mayor agrado a aquellos que son de un patriotismo reposado, modesto y sin alarde, me caen bien, parecen más sinceros y, por lo mismo, más peruanos, conscientes de sus limitaciones, prefieren no escamotear su verdad, a diferencia de los que se ponen la camiseta hasta para dormir, se pintan la cara y cuelgan la bandera en su ventana.

Desconfío de ellos, tengo mis dudas. Observo a una persona con la escarapela en el pecho, enarbolando su sentido de patria, con el perfil elevado y la mirada por encima del hombro. Altivo. Peruanísimo. Esa misma persona que celebra orgulloso su compromiso con el país, no está al día en sus arbitrios, no ha declarado el anual de renta.

El patriota ha cruzado sin sentir ninguna culpa innumerables luces rojas, ha cerrado el paso y manejado contra el tráfico con una sobriedad que de tanto en tanto lo abandona. Esa persona no ha respetado la cola y aduciendo una falsa discapacidad se atendió en preferencial. En el supermercado se ha comido panes calientes y tostados (sin pagar claro está).

El patriota ha comprado a 3×5 películas piratas para verlas con la familia en su casa. Valiéndose de la confianza del condominio, para ahorrar, ha usurpado señal de cable del vecino. Varias veces se quedó dormido y llegó tarde a laborar, restándole oportunidad a alguien que podría hacer mejor su trabajo. Esa persona no conoce los nombres de las 26 regiones y prefiere ir a Europa antes que comerse una ocopa, pero sonríe para la foto vestido de blanquirrojo. El patriota no fue consecuente con su pareja y ha hecho del amor una madeja de infidelidad quebrantando el núcleo de la sociedad.

Esa persona siente celos por el éxito de su compañero, lo sabotea, lo tilda de bravucón. Mejor bravucón a lameculos. El patriota besa el escudo Nacional pero ante el llamamiento militar se pone a llorar, él defiende de lejitos nomás, la soberanía puede esperar, con aprenderse la sexta estrofa del himno, ya está. Ya no es oprimido, ahora nace en las cumbres del sol para que al bajar retome su actitud socarrona, a sacar ventaja, a desdorar la historia.

Esa persona reclama por las deficiencias del Estado en lugar de preguntarse qué puede aportar él para cambiarlo, para adecentar su condición. Mi mirada choca con la de la persona a quien observo, intento desviar la vista para disimular, no consigo engañarlo, sabe que he estado siguiéndolo con atención, he zarandeado su tranquilidad y no parece estar muy contento, se me acerca decididamente, ruego no haberlo incomodado, me cabreo, gimoteo, cruzo los dedos para que no pase de un aspaviento, de una escaramuza que se solucione con un par de disculpas.

No soy bueno para pelear, me cuesta hacerlo, nunca he coordinado bien mis golpes de puño pues son débiles, lentos y caen a destiempo. Llega a donde estoy, lo tengo frente a mí, me doy con la sorpresa de que es un conocido de años. Esa persona soy yo a través del espejo. Me saco la escarapela del pecho, la guardo en mi bolsillo.

El día que mejore mi cultura, esté a la altura y califique como peruano, volveré a lucirla con pulcritud, ¡VIVA EL PERÚ!.