En Ayacucho, el fervor religioso camina entre cerros y campanas. Sus tradiciones, tejidas entre el catolicismo y la espiritualidad andina, resisten el paso del tiempo frente al turismo masivo y las redes sociales. Desde la Virgen de las Nieves hasta los rituales a la Pachamama, la devoción se expresa en procesiones, danzas y cantos. En Semana Santa 2025, más de 29.000 visitantes confirmaron tanto su valor cultural como su fragilidad.
Por: Adrián Colmenares, Lucero Falcón, Dair Quispe y María Fernanda Reynoso
Viajar a Ayacucho exige al menos una semana para sumergirse plenamente en sus creencias religiosas y experimentar una de las tradiciones más vibrantes del país. La Semana Santa no es solo una conmemoración: transforma la ciudad con procesiones diarias, cánticos en quechua y español, ferias artesanales y una energía colectiva que envuelve incluso a los no creyentes.
Considerada la celebración cristiana más importante del Perú —y la segunda más destacada del mundo tras la de Sevilla—, ofrece hasta diez días de fervor, arte popular y expresiones culturales que atraen a miles de visitantes del mundo entero.
Pero la espiritualidad en Ayacucho va más allá del catolicismo. Las creencias andinas ancestrales conviven con la fe cristiana: el culto a la Pachamama, los apus y los rituales agrícolas se mantienen vivos a través de danzas, ofrendas y ceremonias que se integran a las festividades. Un ejemplo es la Huayligía, danza que celebra la infancia divina cada 2 de enero, combinando lo prehispánico y lo católico mediante jóvenes pastoras y música tradicional.
El 20 de enero se celebra la Fiesta de San Sebastián. Procesiones con la imagen del mártir recorren las calles de Huamanga, acompañadas de misas, oraciones y danzas como huainos, marineras y rascas, interpretadas por grupos locales con trajes multicolores.
Del 2 al 14 de febrero, la Virgen de la Candelaria es homenajeada con misas solemnes, procesiones y noches de danza en Huamanga. La celebración inicia con una misa y continúa con una procesión por las principales calles, donde la imagen de la Virgen es acompañada por fieles y autoridades religiosas.
Del 1 al 6 de mayo se realiza la Fiesta de las Cruces en Luricocha. Las cruces bellamente adornadas recorren calles y plazas entre festivales gastronómicos y ferias artesanales. También se celebra el Festival Nacional de la Palta, entre otras actividades que refuerzan la identidad local.
En agosto, Coracora acoge la Fiesta de la Virgen de las Nieves. Desde el 25 de julio hasta el 25 de agosto, la provincia de Parinacochas vive un mes de devoción, música y danzas. Miles de fieles peregrinan al nevado Pumahuari hasta una capilla donde se encuentra la imagen de la Virgen tallada en piedra, en una experiencia intensa, tanto física como espiritual.
En Ayacucho, la fe es devoción, arte, música y comunidad. Una herencia viva que se reinventa y se transmite entre generaciones, manteniendo su esencia frente al paso del tiempo y al avance del turismo moderno.
Turismo disruptivo
El turismo representa una de las principales fuentes de desarrollo económico y cultural en Ayacucho. Gracias a su riqueza histórica y natural, la llegada de visitantes dinamiza la economía local, beneficiando a guías, transportistas, hoteles, restaurantes, artesanos y pequeños comerciantes.
Con su arquitectura colonial —más de 30 iglesias históricas—, y un calendario de festividades religiosas y folclóricas, las temporadas más concurridas son Semana Santa, Fiestas Patrias, Navidad, Año Nuevo y el Carnaval Ayacuchano.
El destino atrae principalmente a quienes buscan turismo cultural, religioso y vivencial, pero también a aventureros y familias. Caminatas por paisajes andinos, visitas a sitios arqueológicos y experiencias comunitarias enriquecen la oferta.
Huamanga cuenta con hospedajes que van desde hoteles de tres y cuatro estrellas hasta alojamientos rurales y económicos. Entre los atractivos destacan la Pampa de Ayacucho en Quinua, el complejo arqueológico de Wari, la Cueva de Pikimachay, el mirador de Acuchimay y los baños termales de Ccollpa. También son recomendables los pueblos de Vilcashuamán y Huanta.
La gastronomía local es un atractivo adicional. Platos como la puca picante, el mondongo, la pachamanca, los tamales, las humitas y el chicharrón se pueden disfrutar en restaurantes como “ViaVia Café Ayacucho”, “El Nino”, “Sumaq” y en picanterías o ferias gastronómicas.
No obstante, el turismo masivo ha empezado a desdibujar el carácter religioso de las festividades, convirtiéndolas en ocasiones más comerciales que devocionales. La Semana Santa, antaño solemne y espiritual, ha visto reemplazadas algunas tradiciones por prácticas alejadas del sentido religioso: consumo excesivo de alcohol, música ajena al contexto y desorden público. Para muchos locales, esto representa una falta de respeto a una herencia espiritual centenaria.
Giuliana Mancilla, ayacuchana participante en las festividades, reconoce que el turismo beneficia económicamente a la ciudad, pero advierte que ha afectado negativamente el carácter religioso de las costumbres.
Juventud y tradición
Durante la Semana Santa, la participación juvenil ha sido clave para mantener vivas las tradiciones religiosas y culturales. Muchos jóvenes colaboran en procesiones, misas y la elaboración de alfombras florales, siguiendo enseñanzas familiares y escolares.
Sin embargo, en los últimos años se ha observado una creciente tergiversación de las costumbres. La masiva llegada de turistas ha propiciado conductas ajenas al espíritu religioso: fiestas callejeras, consumo de alcohol y actitudes irrespetuosas.
Aunque no todos los jóvenes participan de estas conductas, el contraste es evidente. Algunos conservan con responsabilidad la herencia cultural; otros, influenciados por redes sociales, priorizan lo festivo y relegan lo espiritual.
Ante ello, resulta fundamental que familias y escuelas generen espacios de formación y reflexión que fortalezcan la conciencia cultural. Informar y analizar esta situación es clave para proteger una de las tradiciones más representativas del país.

El impulso estatal
Ayacucho se ha consolidado como uno de los destinos más completos del país. Si bien su Semana Santa es la más emblemática, ofrece atractivos durante todo el año: las 33 iglesias coloniales, el complejo arqueológico de Wari y pueblos como Vilcashuamán o Huanta. Además, permite participar en experiencias de turismo vivencial con comunidades artesanas.
En el plano natural, destacan actividades como el parapente en La Picota, el canotaje en el río Cachi y caminatas a cataratas como Pumapaqcha o la Reserva Nacional Pampa Galeras. La gastronomía complementa la experiencia con platos como puca picante, patasca, chapla y mondongo.
Promperú promueve esta diversidad a través de campañas como “Vívelo en Perú”, que incentivan el turismo interno mediante plataformas como “Y tú qué planes” y contenidos digitales dirigidos a jóvenes, parejas y familias en busca de experiencias auténticas.
Durante Semana Santa 2025, Ayacucho recibió más de 29,000 visitantes, superando las proyecciones de 20,000, según Andina. Laura Alegría García, subdirectora de Promoción del Turismo Interno de la entidad estatal, señaló que Ayacucho tiene potencial para ser un destino activo los 365 días del año. La institución trabaja con autoridades locales para mejorar la infraestructura, capacitar operadores y diversificar rutas turísticas.
La región también ha sido promovida en eventos internacionales como FITUR 2025 en Madrid. Aun así, es necesario seguir mejorando la infraestructura vial para potenciar su desarrollo. Porque en Ayacucho, la fe no es solo una creencia: es un lenguaje antiguo que aún se escucha entre campanas, cerros y corazones que se niegan a olvidar.


