Mamá, yo también quiero jugar

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Por: Marisol Bustamante

“Yo no tengo familia, salgo con el flaco a conseguir dinero… vivo solo, mis papás me entregaron a un señor que me pegaba y me obligaba a trabajar, cuando pude me escapé.” (Víctima de 13 años de edad, originario de Huancavelica, captado en Lima.)

10922653_855345394530057_7423981979937921289_oFoto: Ministerio de la Mujer

En el Perú, la trata de niños existe. Según el CHS Alternativo las mafias operan, sobre todo, en Lima, Piura, Cusco, Puno, Arequipa y diversas ciudades de la selva. A sus ocho años, Gabriel ha trabajado más horas que un adulto en sus inicios. Nadie podría creer que este niño chaparro y flacuchento era la fuente de ingreso de quien lo trajo al mundo.

Hoy, la mendicidad infantil no aparece en los noticieros.

¿Ver trabajar a un menor de edad es algo normal?

A Gabriel lo obligan a trabajar en el Centro de Lima desde las 6:00 a.m. hasta las 8:00 p.m., pero esto quizá no es lo más fuerte de su historia. Lo conocí hace poco tiempo, cuando él estaba sentado sobre un pedazo de cartón, en una esquina de Jirón de la Unión. Vivía en Cantagallo, un asentamiento urbano ubicado en el distrito del Rímac de la provincia de Lima, Perú. Fue entonces cuando entendí que no era solo Gabriel, es más, entendí que no eran decenas ni centenas. Eran miles. Miles de niños que pasaban sus días cargando alguna golosina para vender en vez de un muñeco con el que jugar.

“Un día mi mamá alistó nuestras cosas y me obligó a ir con ella y con mi hermanita. Me separó de mi papá”, me lo contó una tarde fría de octubre. “Cuando llegamos a este lugar, ella se fue con un señor y me obligaron a salir a las calles a vender dulces, pero mi papá no sabe nada, mamá dijo que si le decía no me dejaría verlo nunca más”, comentó. “Yo no quiero trabajar”.

En nuestra sociedad es común ver a menores mendigar por las calles pidiendo limosna. En ocasiones estos se encuentran en pésimas condiciones, pasando hambre, frío, cansados y tristes. Lo que se desconoce es que, el captar, acoger o retener a un niño, niña o adolescente es considerado como trata de personas, y, es un delito que se paga con cárcel. Como lo indica la Ley Nº 28950: “la venta de niños, mendicidad, explotación sexual y laboral, y extracción o tráfico de órganos, serán tipificados como delito de trata de personas el cuál puede ser sancionado con pena privativa de libertad de hasta 35 años.”

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Lima fría, sí, es un buen nombre para describirla. Eran un poco más de las 2 de la tarde cuando caminaba por la transitada calle Jirón de la Unión. Hacía frío y con un conocimiento básico de meteorología sabía que iba a llover. Caminaba, conocía, investigaba. Vi cosas tristes, vi cosas feas, vi momentos incómodos, vi la realidad. Fui con una amiga, un poco inquieta ella, me decía vamos a mirar ropa. Yo solo me detuve, apagué el cigarro, la miré y ella entendió. A lo mejor si no conocía la importancia del tema hubiera pecado de superficial. Caminé aproximadamente 45 minutos, y, en definitiva, 45 minutos no servían para conocer todo el ambiente, pero me bastó para conocer a Gabriel. La lluvia empezó.

Según el Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables (MIMP), en Lima se ha incrementado el número de mendicidad en menores de edad. Lo alarmante es que, gracias a testimonios rescatados por esta institución, se ha encontrado que muchos de estos niños tienen un valor monetario, es decir, son alquilados y explotados. Las mafias se organizan por redes internacionales, dedicadas a muchas actividades, como la prostitución o el tráfico de drogas. Lo lamentable es que, los menores estén acostumbrados a obedecer debido a la violencia física y psicológica que se ejerce sobre ellos.

Estaba sentado sobre un cartón en una esquina de Jirón de la Unión. Atándose los cordones, con su bolsa de caramelos al lado. Se levantó, buscó entre sus bolsillos, y se puso a contar las monedas del día. Mi amiga y yo nos acercamos. A solo un metro de él me atreví a hacerle el típico comentario que se le hace a alguien cuando lo conoces: Hola, ¿qué tal? Con una voz tímida y dulce, como si fuese sacada de dibujo animado, me respondió: Hola. Quien iba a pensar que con un simple hola comenzaría toda una historia para contar.

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— Hola, ¿qué tal?

— Hola.

— ¿Cómo te llamas?
— Gabriel.
— Qué lindo nombre, mi hermano se llama así. Y, ¿Trabajas aquí siempre?
— Sí.
— ¿Tú mamá dónde está?

(Un silencio abordó la conversación).

— ¿Vives con ella?

— Sí.

— ¿Desde qué hora estás trabajando aquí?

— Desde tempranito.

— Y, ¿a qué hora vuelves a casa?

— En la noche.

 

***

En el Perú la principal causa de la trata infantil es la pobreza. Según la ONG Humanium, las familias humildes abandonan a sus hijos, los explotan o los trafican debido a la precaria situación económica por la que viven. Esto a su vez, genera el incremento de la mendicidad infantil, ya que los menores, al ser vulnerables, no pueden valerse por sí mismos y solo les queda una única opción: obedecer a su explotador y convertirse en víctimas.

A unos metros, una voz autoritaria, perteneciente a una señora robusta y con un estilo desaliñado, gritaba: ¡Gabriel!, ¡Gabriel, apúrate! Se fue. Gabriel se fue corriendo como si su vida dependiera de ello.

A los segundos de su partida unos pasos envolvieron mis odios. Volteé. Un polo color rosa con mangas marrones y un jean desgastado robó mi mirada. Fue entonces cuando unos labios resecos me dijeron: él es así, no habla con nadie. Ángel era un niño de 12 años, me contó que vivía con su hermano mayor, cerca del lugar. Su profesión: zapatero. Lo supe por la máquina de madera que sostenía en su mano. Al principio fue difícil explicarle quién era yo y por qué buscaba hablar con los niños del lugar, por suerte su inquietud tuvo un final pronto y le bastó escuchar que solo los quería ayudar. “Nosotros somos amigos porque trabajamos en el mismo lugar… cuando yo llego a las 10 de la mañana Gabriel ya está en la Plaza trabajando” dijo Ángel con un sonrisa picarona y unos ojos transparentes. Él es zapatero, pero sus zapatos no estaban tan buenos.

***

Recuerdo que leía un diario local, “Mafias alquilan a niños a S/.5 para que mendiguen en calles”, decía el titular. Primer pensamiento: esto no puede estar pasando en Lima. ¿Por qué robarle la infancia a un niño? Pero eso no es lo más alarmante. El Jefe de la Oficina Nacional de Diálogo y Sostenibilidad, Julio Rojas Julca, mencionó que hay dos tipos de explotadores de niños y adolescentes: el primero, los padres, hermanos o apoderados; el segundo, las terceras personas. ¿Cómo un padre puede alquilar a su hijo? Indignante, pensé.

Pasaron dos días para que volviera a visitar la pintoresca calle. Lo busqué. Lo encontré. Me acerqué a él y lo invité a comer. Se negó.

Gabriel vivía con su papá, pero luego su mamá lo trajo a Lima, junto con su hermanita menor, a la casa de un señor. Desde ese día lo obligan a trabajar desde las 6:00 a.m. hasta las 8:00 p.m. vendiendo dulces en el Centro de Lima. Lo tienen amenazado, si Gabriel no obedece su hermanita paga las consecuencias. “Si no hago lo que ella quiere dice que le pegará a mi hermanita, yo quiero mucho a mi hermanita… a él lo extraño mucho, cuando sea grande iré en esos buses grandes y lo buscaré”, dijo. A él no lo llevan a la escuela y tampoco le dejan tener amigos. “Veo a los otros niños jugar y siempre le digo a mi mamá que yo también quiero”, me contó Gabriel.

Los lugares con mayor número de mendicidad infantil según el CHS Alternativo son: la plaza San Martín, Plaza de Armas, y la avenida Abancay en el Centro de Lima, el mercado de frutas en La Victoria, el terminal pesquero en Villa María y varias zonas del Rímac, San Martín de Porres, Los Olivos y Comas. Los lugares se conocen, las autoridades los conocen.

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Todavía no lo entiendo. Pensé que estábamos conversando bien. Mis cordones se desataron, me agaché. Él se fue. Intenté detenerlo, pero solo corrió.

Pregunté a los ambulantes, pregunté a otros niños. Nadie supo qué había pasado.

Yo solo sabía que había conocido a Gabriel, un niño al que le cambiaban los juguetes por trabajo y nadie hacía nada.

Mi último recuerdo: un cuerpito flacuchento, corriendo, obligado por su madre a una vida que nadie merece pasar.

— ¿A la señora?

— No, no la volví a ver, no se apareció.

(Los nombres de las personas que aparecen en esta historia se han modificado para proteger su integridad; también algunos lugares que podrían resultar comprometedores)

000108622W.jpgFoto: Ministerio de la Mujer