Horas de espera, buses abarrotados, tráfico, ruido, miedo a llegar tarde y sensación de inseguridad forman parte de la rutina de millones de pasajeros. En Lima, trasladarse de un punto a otro no solo consume tiempo: también puede convertirse en una fuente cotidiana de estrés y agotamiento.
Escriben: Erick Cavero y Mauricio Gual
Son las 6:00 de la mañana y el paradero ya está lleno. Los pasajeros miran la avenida esperando distinguir entre los vehículos uno que todavía tenga espacio. Cuando finalmente llega el bus, comienza otra espera, que consiste en encontrar sitio para poder subir al vehículo.. Algunos empujan, otros levantan la mano e ingresan a la pista para detener el micro y unos cuantos prefieren dejarlo pasar. Nadie parece tener prisa, pero todos saben que están llegando tarde.
Almendra Fernandez tiene 19 años y estudia enfermería en la Universidad Norbert Wiener. Se despierta todos los días a las 4:30 para preparar su lonchera y alistarse antes de salir hacia la universidad. Lleva varios minutos esperando mientras mira el reloj. Todavía le queda más de
una hora de viaje antes de llegar a la universidad. No sabe cuánto durará esta vez. Lo único seguro es que deberá atravesar el mismo tráfico que ayer, viajar rodeada de desconocidos y calcular constantemente si llegará a tiempo.
¿Cuánto nos cuesta trasladarnos?
En Lima, trasladarse al trabajo o a los centros de estudio toma cada vez más tiempo. Durante los últimos quince años, el tiempo de desplazamiento hacia el centro de trabajo pasó de una hora y siete minutos a casi dos horas. Así lo muestran los datos de la Encuesta Nacional de Uso del Tiempo (ENUT). En distritos como Santa Rosa, Ancón, Carabayllo, Puente Piedra, Pucusana, Santa María del Mar, San Bartolo, Punta Negra, Punta Hermosa y Villa El Salvador, el tiempo destinado al traslado supera las dos horas.
La situación también afecta a los estudiantes. Una encuesta realizada por el portal Nexus, de la Universidad de Lima, a 170 universitarios de instituciones públicas y privadas de la capital, reveló que los estudiantes destinan alrededor de tres horas diarias a trasladarse hacia sus centros de estudio y regresar a sus hogares. Si este tiempo se proyecta de lunes a viernes durante dos ciclos académicos, el resultado equivale a aproximadamente 480 horas al año dedicadas únicamente al transporte.
Si se toma como referencia el promedio de tres horas diarias de traslado, el tiempo acumulado adquiere una dimensión mayor: 3 horas diarias x 5 días x 4 semanas x 12 meses = 720 horas al año.
Es decir, una persona puede llegar a pasar el equivalente a 30 días completos al año trasladándose entre su hogar a su centro de trabajo o estudio.
El problema no se limita, entonces, a cuánto demora una persona en llegar a su destino. Las largas jornadas de desplazamiento convierten el transporte público en una experiencia cotidiana que puede condicionar la rutina y el bienestar de millones de limeños.
La espera y la incertidumbre
Avenida Faucett con Avenida La Marina. El bus del corredor rojo debería llegar a las 7:10. Son las 7:25 y todavía no aparece. En el paradero, la fila se sigue alargando y ya llegó a tomar parte
de la pista. Algunos pasajeros miran hacia la avenida y otros revisan el celular. El reloj avanza y con cada minuto aumenta la posibilidad de llegar tarde.
El problema no siempre es saber que el viaje será largo. Lo que genera tensión es no saber cuánto durará. Un pasajero puede calcular que necesita salir una hora antes, pero el tráfico, la demora de un vehículo o una larga cola pueden alterar cualquier previsión.
Emerge una duda: ¿Qué ocurre cuando una persona no puede controlar cuánto tiempo tardará en llegar a su destino?
Para Andrés Rivas, especializado en psicología clínica y salud, el hecho de invertir demasiado tiempo en el transporte y la incertidumbre del viaje causan frustraciones, estrés y un malestar psicológico general que afecta directamente la salud mental de los ciudadanos.
“La forma en que las personas gestionan sus vidas se ve afectada porque dependen de un transporte que no pueden controlar, lo que genera malestar y reduce su eficacia en el día a día”, indica el especialista.
Añade que, dado que este estrés es cotidiano y repetitivo, la acumulación diaria de ansiedad y frustración puede terminar configurando un cuadro de depresión. Esto lleva a que la persona desarrolle una perspectiva de la vida negativa, se desanime, sufra bajones emocionales y experimente una disminución en su estado de ánimo al saber que debe enfrentarse a esta situación cada día.
En caso de los estudiantes, esta situación puede llegar a interferir e impactar negativamente en su desempeño académico. Para los trabajadores, el estrés acumulado por el transporte público actúa como un factor que alimenta el síndrome de burnout (agotamiento y frustración en el ámbito laboral).
Para John Benites, que tiene que atravesar parte de la avenida Javier Prado para llegar a su trabajo, la preocupación es otra. “No saber cuánto tiempo voy a demorar en atravesar la Javier Prado me preocupa, porque si no llego a tiempo me descuentan todo un día. Pero así es: hay días de suerte en los que el carro pasa rápido y otros en los que no.”.
“Yo tomo dos carros y, en ocasiones, hasta tres. Me irrita que el bus se detenga a cada rato, y los buses que no llegan a la hora establecida me generan ansiedad porque me dejan con la incertidumbre de no saber si llegaré temprano o no”, se queja Almendra.
El pasajero puede decidir a qué hora salir de casa, pero no puede decidir cuándo llegará el bus, cuánto demora el tráfico o si encontrará espacio para subir. Una parte importante del trayecto queda fuera de su control.
El tiempo perdido en el paradero no termina cuando llega el vehículo. La preocupación por llegar tarde continúa dentro del bus, entre el tráfico y las frenadas en cada esquina. Para algunos pasajeros, el viaje comienza mucho antes de subir y termina mucho después de haber llegado a su destino.
El hacinamiento
Después de varios minutos de espera, finalmente aparece el bus. Pero llegar no significa haber terminado la espera. Ahora comienza otra disputa por un espacio.
Las puertas se abren y los pasajeros intentan entrar al mismo tiempo. Dentro, apenas queda espacio para moverse, el roce involuntario entre pasajeros se vuelve frecuente. Una mochila golpea un hombro, los pies deben encontrar un espacio entre otros zapatos. En esa búsqueda, una pierna queda atrapada entre dos cuerpos y alguien busca desesperadamente el pasamanos para no caer mientras el carro comienza su recorrido.
El aire parece más pesado y los diversos olores comienzan a emanar. A pesar de que los pasajeros ocupan cada espacio disponible, el conductor continúa permitiendo que suban más personas.
Pero, ¿qué ocurre cuando esta experiencia no sucede de manera ocasional, sino que se convierte en algo de todos los días?
Para el psicólogo Andrés Rivas el hacinamiento y la constante incomodidad del viaje alimentan la ansiedad. Esta se manifiesta físicamente a través de síntomas musculares, dolores de cabeza y agitación. De igual forma, el contacto físico, como los roces o golpes accidentales por la falta de espacio, generan un clima hostil. Esto provoca que las personas no regulen sus emociones, pierdan el control y terminan en discusiones, peleas o situaciones de violencia en la vía pública o dentro de los vehículos
Según un informe de la Autoridad de Transporte Urbano para Lima y Callao (ATU), más de 7,5 millones de personas utilizan diariamente el transporte público formal. El mismo
documento señala que en Lima Metropolitana y Callao se realizan alrededor de 24 millones de viajes al día, considerando los diferentes modos de transporte disponibles.
La capacidad máxima también varía según el sistema. El tren eléctrico puede transportar hasta
1.200 pasajeros, mientras que el Metropolitano tiene una capacidad aproximada de 160 pasajeros por vehículo y el Corredor Rojo, de 80.
En conjunto, la demanda diaria de estos tres sistemas de transporte supera, en promedio, los 1.1 millones de viajes. Esta concentración aumenta principalmente durante las horas punta: entre las 6:30 y las 9:00 de la mañana y entre las 5:30 y las 8:30 de la noche. Durante estos periodos, la cantidad de usuarios se incrementa considerablemente y los vehículos alcanzan o superan su capacidad habitual. “No me gusta tener a una persona tan cerca de mí, varias veces me he peleado con pasajeros porque están muy pegados a mí y eso me incomoda mucho, por eso trato de subirme a carros que están vacíos”, explica Almendra.
¿Por qué Lima funciona así?
Si ponemos el plano de la ciudad de Lima sobre una mesa, podremos visualizar que se ha expandido durante los últimos años. Los conocidos extremos urbanos han estado en un constante crecimiento, y los medios de transporte no se han expandido a la par de este crecimiento urbano. Para Luz Quispe, la presidente de la ONG Luz Ámbar, el crecimiento urbano de Lima y la mejora del transporte urbano no han ido de la mano, lo que ha contribuído que se siga manteniendo el desorden y la congestión vehícular.
El transporte urbano también se ha llenado de informalidad. Si bien la llegada del metropolitano, los corredores rojo y morado y la línea 1 del metro han demostrado un intento de generar un mejor orden y movilizar a los ciudadanos, en palabras de Quispe, el transporte finalmente ha estado desarrollándose bajo un esquema de lucro, pero no con la intención de ayudar al ciudadano a transportarse correctamente.
Quispe explica que desde el año 2000 existieron cuatro cooperativas que hasta la época actual se han convertido en 300 empresas, las cuales permitieron que propietarios de buses puedan registrarse y enlazar sus unidades en la Municipalidad de Lima para poder circular, y una vez gestionado el enlace, se deba pagar día a día una comisión. En ese contexto, lo que buscan los conductores es generar más dinero, más ganancias y por ende el ciudadano que toma el bus se da con la realidad del desorden del tránsito, horas perdidas en los buses y situaciones que dejan efecto en la salud mental como el estrés y la ansiedad.
Además de lo mencionado, otro problema y factor importante, según Quispe, es la antigüedad de los vehículos. Existe un mínimo de 15 años para que vehículos de transporte público
transiten en Lima, pero debido a que hay una fuerte demanda para atender a los usuarios, la normativa queda en blanco, por lo que transitan vehículos de hasta 30 años de antigüedad, generando que los usuarios se expongan a riesgos.
La avenida Arequipa es un claro ejemplo de lo que la Asociación de Transporte Urbano (ATU) y Luz Ámbar han querido lograr: la reducción de los colectivos informales y mejorar el tránsito con la implementación de más corredores. Sin embargo, Quispe menciona que antes de proceder con una gestión de gran magnitud, se debe analizar también aspectos de la zona como la cantidad de personas que la habitan, ciclistas, y el desplazamiento de los vehículos de emergencia como ambulancias y patrulleros.
El costo invisible
Son las 10: 30 de la noche y Almendra tiene que tomar una combi que la deje en el paradero más cercano a su casa, en Lima Cargo. La combi está llena. Antes de subir, primero observa quiénes suben con ella. No es una mirada distraída: revisa rostros, observa movimientos y calcula dónde será mejor ubicarse. Una vez dentro, la mochila cambia de posición y queda pegada al pecho. El celular desaparece. Los audífonos también. Dormirse queda descartado. El viaje exige permanecer despierta.
Para ella, el problema no termina con encontrar un espacio donde sostenerse. Antes de sentarse, antes de mirar por la ventana, hay algo más que revisar: quién está detrás y quién está demasiado cerca.
Si alguien se sienta demasiado cerca, cambia de lugar. Si el silencio del trayecto lo permite, gira la cabeza y mira hacia atrás. No deja de vigilar. Si quedan muy pocos pasajeros, puede decidir bajarse antes de llegar a su destino.
Para la psicóloga Danitza Noriega, especialista en gestión del estrés y bienestar femenino, viajar constantemente en un estado de alerta ante la inseguridad, los robos, el acoso o las agresiones genera una acumulación de estrés cotidiano que afecta la salud mental de las personas a mediano y largo plazo, impidiéndoles estar tranquilas.
Esta constante tensión provoca que el sistema nervioso no descanse, lo cual no es saludable para el cerebro, y puede derivar en un estado mayor de irritabilidad debido a la suma de factores físicos, sociales y de falta de control en el entorno. Asimismo, la exposición diaria a estas situaciones de riesgo puede desencadenar trastornos psicológicos específicos. Por ejemplo, en el caso de las mujeres expuestas cotidianamente al acoso en el transporte, se pueden generar trastornos de ansiedad.
El acoso sexual en el transporte público de Lima Metropolitana representa una problemática de seguridad que afecta directamente la libertad de tránsito de las mujeres. Según informes publicados por el diario El Comercio y la ONG Lima Cómo Vamos, 7 de cada 10 pasajeras aseguran haber sido víctimas de violencia de género durante sus desplazamientos en la capital.
La magnitud del problema también se refleja en el incremento de las denuncias formales reportadas en los últimos meses. De acuerdo con datos del Observatorio Nacional de Seguridad Ciudadana del Ministerio del Interior (Mininter), citados en un balance periodístico del diario La República, durante 2025 se registraron 3.316 víctimas formales de acoso sexual en Lima Metropolitana, lo que representa un aumento de 529 denuncias frente al año previo.
Un factor que preocupa especialmente a las autoridades y colectivos civiles es la temprana edad en la que se inician estas agresiones. Conforme a investigaciones especializadas de la organización Plan International, 6 de cada 10 mujeres sufrieron su primera experiencia de acoso en el transporte público cuando eran menores de edad, entre los 13 y los 18 años.
Para algunas pasajeras, la posibilidad de sufrir acoso no aparece como un hecho aislado dentro del viaje. Forma parte de las decisiones que deben tomar antes y durante el trayecto: dónde sentarse, qué ruta tomar, a qué hora viajar y cómo reaccionar si alguien invade su espacio.
La combi se dirige hacia Lima Cargo y debe pasar por el cruce entre la avenida Faucett y la avenida Venezuela, un cruce donde se han registrado múltiples ataques contra conductores de estos vehículos, víctimas de la extorsión. Para Almendra surge un nuevo temor: que una bala perdida alcance la combi.
La ola de extorsión y cobro de cupos contra las empresas de transporte público en Lima y Callao ha alcanzado niveles preocupantes en el último año. De acuerdo con informes del Observatorio de Criminalidad del Ministerio Público difundidos por portales como Infobae, solo entre enero y mediados de 2026 se registraron 107 atentados criminales, igualando en poco más de seis meses la totalidad de ataques reportados durante todo 2025. Esta escalada delictiva, que históricamente ya acumula más de 214 ataques con armas de fuego en las rutas, se ha cobrado la vida de al menos 72 transportistas en lo que va del año.
Ante la violencia de los sicarios en motocicleta y el uso de artefactos incendiarios, corporaciones como la Asociación de Concesionarios de Transporte Urbano (ACTU) han
reportado que los operadores se ven obligados a pagar a múltiples bandas simultáneamente. Incluso algunas empresas han optado por blindar con acero y vidrios antibalas las cabinas de sus conductores. El trayecto ya está por terminar. Almendra ya ha esperado, ha viajado apretada y ahora continúa mirando la puerta, las manos ajenas y el camino. Llegar a destino no significa únicamente haber recorrido varios kilómetros. También significa haber permanecido durante todo ese tiempo atenta a lo que podía ocurrir.


