Sonidos gitanos y folklore jazzero: Le Miner Swing

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Por: Michelle Linares

dsc_0341Foto: Michelle Linares

La banda de gypsy jazz y otros sonidos experimentales Le Miner Swing nos cuenta cómo comenzaron y por qué la esencia de su música es el intercambio de experiencias.

Una marea de casualidades han desembocado en su creación. “Es el destino”, piensa la banda. “Debíamos conocernos así.”

Le Miner Swing comenzó con la búsqueda de una pasión. En el 2012 dos hombres buscaban un camino nuevo en sus vidas. Ezequiel Borrilli dejó su país, Argentina, para lograr el gran viaje que había querido hacer antes de encerrarse a estudiar diseño gráfico en la Universidad de Buenos Aires: mochilear por Sudamérica hasta Colombia. Su primera parada: Lima. Mientras, la misma semana que Ezequiel llega a Lima, Adrián Vela decide irse a Lima después de una temporada en Trujillo para buscar una banda. Para tocar la música que había encontrado en sus viajes.

Ezequiel trabajaba en diseño mientras recorría Perú. Y así conoció la música. Había viajado solo con una guitarra en la mano y una mochila para buscar lo que ya estaba en sus manos silenciosamente. Empezó a tocar furiosamente y buscar nueva música. Un día puso en Youtube: Gipsy jazz. Salió un video de Renzo y le escribió para juntarse. Aparecieron más músicos: Carlos Advíncula y Aldo Gilardi Magnan. Tenían todos los componentes del gipsy jazz pero faltaba un violín. Empezaron a tocar. Empezó a improvisar. En dónde podía, cómo podía, en las calles, en su cuarto alquilado. Hasta que decidió dejarlo todo por la música. Empezó el verdadero viaje. No llegó a ir a Colombia.

Pasó casi un año. Luca Belcastro, famoso compositor italiano, dictaba en esa época talleres gratis por Latinoamérica para inspirar a nuevos artistas y abrió un taller de composición musical al público general en Lima. Ezequiel supo que tenía que tomarlo. “Me inscribí porque sabía que iba a encontrar alguien con quien hacer una banda, que era lo que yo quería. Yo lo sabía. Y lo encontré.”

Pedro Tecco nunca ha podido evitar bailar cuando escucha una melodía pegajosa. Desde los diez años. Luego de seguir la carrera de violín clásico en el conservatorio no sabía que hacer. Entró a la Orquesta sinfónica juvenil e ingresó a la San Marcos en la carrera de filosofía porque “ya ¿no? A veces uno se mete a estudiar porque sí.” Pero una incomodidad cercana crecía. Danza, psicoterapia, etcétera. Pero siempre encerrado. De estudiar a casa, de casa a estudiar. Tenía que explorar las posibilidades. Era hora de un cambio.

Había entrado en una frecuencia en la que “No importa mucho lo que tienes si no lo que estas dispuesto a arriesgar.” Entonces escuchó de un taller de composición por un maestro internacional. Supo que era el momento de dejar la academia.

“Cuando estudias violín tocas música clásica o ya fue”, decía Pedro. Nunca antes había explorado música popular dentro del marco de la experimentación. Entonces Ezequiel le hizo una propuesta indecente: ¿Quieres tocar Jazz manouche?

O como popularmente se conoce como gypsy jazz (jazz gitano) . Muchos vinculan el origen del término al estilo particular de Django Reinhardt en la década de 1930 en Francia, la mezcla de sonidos y patrones particulares de la música gitana a la experimentación de un jazz fresco. Se compone desde instrumentos acústicos y lleva una formación experimental y abierta a la interpretación personalizada: al oído.

Ezequiel y Pedro comenzaron a verse seguido. Muy seguido. No de esa forma. Ezequiel tenía todas las herramientas para la improvisación y la música popular. Pedro solo había estado dentro, releyendo partituras, y fuera, en el conservatorio de Lima. Empezaron a salir a tocar a la calle.

“Nos pegábamos horas y horas tocando en la calle”. Desde las tres de la tarde hasta las dos de la mañana que Pedro llegaba a su casa. Era una dinámica impredecible. “Me hizo ponerme en este rol de aprender de los otros”. Conocieron a muchos otros músicos callejeros que también era profesores de música y tocaban en bandas distintas como Carlos Betancour Pero no era una banda. Solo un grupo de gente que quería aprender.

DSC_0332.JPGFoto: Michelle Linares

De pronto llegó un momento en el que ya los reconocían. Las mismas calles aplaudían sus ‘ensayos abiertos’. Decidieron que había de ponerle nombre a ‘eso que estaba pasando’. Pedro y Ezequiel, los que más se veían, tomaron el nombre de Le miner swing.

Solo vivían ‘de lo que les tiraban de la gorra’. A veces, cuenta Pedro, solo tenía el sol para regresarse a su casa en micro. Así que decidieron buscar un concierto con otro techo: uno con luces calientes y escenario. Cocodrilo verde, uno de los más famosos bares de jazz, fue el primero que los contrató. Y desde allí empezaron a tocar cada vez en más lugares y con más regularidad, sin dejar las incursiones callejeras.

En uno de sus paseos nocturnos por Barranco, Adrián escuchó jazz. Un género que a menudo no se escucha en Lima. Estuvo largo rato viendo a esta banda extraña, atraído por lo experimental del sonido. Los felicitó y ellos se fueron. Él también.

En Iquitos descubrió que los instrumentos lo apasionaban. Desde los nueve años comenzó con la música folklórica, experimentando distintos instrumentos. De adolescente se apasionó con metal, y tuvo varias bandas como Némesis. Por eso decidió explorar el Perú y se mudó a Trujillo. Allí estuvo en distintas bandas como Perú salvaje, en la que mezcla folklore peruano, metal y “¿Qué más hay, qué más hay?” decía. Hasta que descubrió el bajo. Y se quedó con él y todas sus variaciones.

En el 2012, Ezequiel, Pedro y otros músicos callejeros decidieron unirse al concierto de improvisación abierta en el marco del Congreso de musical anual de Trujillo. Aventurarse.

Mientras, Adrián volvió a Trujillo para visitar antiguos músicos porque aún estaba alejado de la escena musical limeña. Lo invitaron a un bar durante el marco del reencuentro y del “chivo” cuando Ezequiel y Pedro piden unirse al escenario. “¿Qué hace Le Miner en Trujillo?”, pensó Adrián “Miles de personas siempre se habían acercado a conversar con ellos por como tocaban. Ellos no se acordaron de mí pero yo sí de ellos.” Cuando terminaron de tocar Ezequiel y Pedro le propusieron a Adrián volver a Lima juntos. Intercambiaron números de celular, mail y Facebook.

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Empezaron a practicar juntos desde allí y no han parado.

Para ellos estar en la banda es una conversación abierta que nunca se detiene.. Las ganas de compartir el grupo es tener un espacio de experimentación. Por eso, aunque los constantes son Pedro, Ezequiel y Adrián, otros más se suman siempre.

Sus últimos integrantes han sido Miguel Giusti y Rubén Guzmán. “Necesitábamos a otra guitarra y no dudamos en que era él al que debíamos llamar.” Después de dejar muchos grupos de gypsy jazz, Miguel incursionó en otros estilos de música hasta la llamada. Rubén, mucho más reciente, fue avisado para algunos sonidos nuevos que querían probar para componer y terminó quedándose.

Con presentaciones en diversos bares limeños, festivales, ferias, tienen un EP grabado llamado “Caminando sin tiempo” (2014) disponible en Soundcloud y Bandcamp (https://leminerswing.bandcamp.com/). Ahora están incursionando en el concurso de Movistar música: Amplificados para salir en el programa Jamming de Plus TV.

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