Un irlandés olvidado en el Perú en la década de los 50s

Crónicas
Por: Jairo Sotelo

La historia  de un extranjero que pasó de arreglar barcos en el gobierno de Odría a fundar la primera banda de rock and roll en el Perú

Un irlandés llamado Pat Reid fue el fundador de la primera banda peruana de rock and roll. También fue uno de los principales difusores de aquel movimiento en nuestro país y en Sudamérica, de aquella ideología musical que cambió a la juventud para siempre. Pocos saben acerca de él. Si lo vieran pasar por la calle, muchos pensarían que es otro anciano más de Lima. Pat, quién llegó hace más de sesenta años al Perú, vive tranquilamente en una casa del distrito de Magdalena. Cerca del mar, pasa sus últimos años sin llamar la atención. Esta es la historia de un músico al que no le piden muchas entrevistas a pesar de tener un papel importante dentro del rompecabezas musical nacional, de un músico que decidió quedarse a hacer jazz y rock and roll en este país que sufre de amnesia histórica.

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Pat Reid sosteniendo el primer LP de su banda “Los Millonarios del Jazz”     (Foto: Jairo Sotelo)

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Pat Reid sosteniendo el primer LP de su banda “Los Millonarios del Jazz”     (Foto: Jairo Sotelo)

A Pat Reid le gusta reposar por horas en el cuarto de estar de su casa, en una especie de living que más parece ser un pequeño estudio musical por la presencia de varios parlantes, saxofones, baterías, pianos y guitarras. A sus 88 años, se relaja al escuchar jazz durante horas. Se deleita, en especial, mientras disfruta de un disco en el que se grabó cantando sus canciones favoritas encima de la pista original: al escucharla, al oír que entona la misma pieza que el cantante original en el mismo momento, como si la hubiera grabado en el mismo instante que lo hizo el verdadero artista, se siente más cerca de sus ídolos. En aquellas grabaciones, comparte canciones con íconos del jazz, como Frank Sinatra, Nina Simone, Vic Damone, Ella Fitzgerald, entre otros artistas quizás no tan conocidos ni recordados por muchos, como lo es Reid en la actualidad.

―La música de ahora es muy distinta a la de mi época. Las canciones han perdido sentimiento. Parece que las escribieran y cantaran por hacer. No me gustan ― menciona Pat, con dejo extranjero, mientras lleva el ritmo con las manos de las canciones que suenan de su disco de covers.

Reid es un irlandés de más de un metro ochenta de altura, delgado, de tez blanca y casi calvo si no fuera por los mechones blancos de cabello que tiene en ambos costados de la cabeza. Tiene el rostro arrugado, un ojo más cerrado que el otro y las manos tan secas que se le pueden ver claramente las venas. Camina levemente encorvado y se pasa la lengua cada dos minutos por los labios para evitar que se resequen: el haber vivido más de ocho décadas ya muestra consecuencias. Es de las personas que sonríen mucho.

―¿Escuchas? Ahí estoy cantando “The very thought of you” junto a Nat King Cole ― menciona Reid mientras sonríe.

―Pat, ¿y dónde tienes tus discos de Los Millonarios del Jazz? ― le pregunto.

―Oh, si, espera un ratito, que acabe la canción ― responde mientras tararea la misma.

Los Millonarios del Jazz fue una banda de los años cincuenta que es considerada como la primera agrupación de rock and roll en el Perú y Reid es su fundador. Aunque su verdadero amor es el jazz, el irlandés de 88 años es calificado como el líder de la primera banda de aquel género musical en el país. Si alguien le menciona aquello a Pat, contestará con un poco de molestia:

―La confusión que hacen muchos en decir que hacíamos rock n roll, se debe a que esa era la música de la época. Nosotros hacíamos jazz ― menciona, sin la picardía con la que por lo general responde.

Lo cierto es que son pocos los que lo conocen a Pat, los que lo han escuchado cantar en vivo o los que saben que existió una banda de rock and roll llamada Los Millonarios del Jazz. Puede ser que hasta los mismos historiadores hayan olvidado qué estilo musical tocaba realmente Reid, o tal vez, esta sea una afirmación caprichosa del propio irlandés.

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Discos de Pat , de su propia autoría. (Foto: Jairo Sotelo)

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Irlanda, durante los siglos XIX y XX, fue una nación ahogada en las más horribles desgracias. No era un país con grandes desarrollos y no contaba con una solidez política y económica comparable con las grandes potencias de su continente en aquel entonces. La población de la isla Esmeralda (apodo dado a Irlanda por sus verdosos paisajes) fue víctima de pobreza, de hambre y de penurias. Después de la Gran Hambruna, episodio ocurrido entre 1845 y 1849, que ocasionó la muerte de más de dos millones de irlandeses por escasez de alimentos, muchos ciudadanos de aquella isla europea migraron a diferentes puntos del globo. El éxodo duró hasta 1980 y se llevó consigo al 25% de la población irlandesa, es decir, a más de un millón de ciudadanos a residir a otros países que prometan prosperidad, en el que no se sientan en estado de abandono, en el que les dieran oportunidades que no consiguieron en el país del cantante de rock, Bono.

Pat Reid es el nombre de un irlandés, nacido en 1928, que ansió un mejor porvenir. Vivía en White House, un pueblo norteño de aquel país, en el número 23 de la calle principal Mainstreet, en una pequeña casa junto a sus padres, sus tres hermanos y dos hermanas. Su madre era soprana, su padre dirigía la banda del pueblo y tocaba la flauta y sus dos hermanos mayores, los acordeones.

―En mi pueblo amaban la música. Por ejemplo, después de las misas, las personas se reunían en la casa de un vecino para escuchar a la banda de la comunidad ― relata, Pat.

La música cuenta con la magia que a través de pequeñas notas, de cortas melodías puede relacionar a multitudes, puede crear lazos con extraños, hacerte sentir único y, en ocasiones, hacerte sentir mejor. Según Pat, todos en White House bailaban y apreciaban los ritmos de la banda de la comunidad. A pesar que la pobreza golpeaba, se sentían familia al bailar al compás de los acordeones, de las flautas y de las gaitas. Todos podían sentirse uno con la banda, bailar con la música popular que el grupo ofrecía. Todos, tal vez, podían hacerlo. Sin embargo, Pat no se sentía igual a todos. Desde pequeño, el jazz fue su obsesión, su amor en los tiempos modernos. Eran épocas en los que la música comenzaba a sentir los primeros latidos de la revolución cultural que iniciaría, posteriormente, en 1950 y el jazz, estilo que nació gracias al atrevimiento de esclavos afroamericanos en Nueva Orleans a finales del siglo XIX, atrevimiento por rendir tributos a sus dioses en los días libres que no eran explotados, iniciaba a ganar adeptos a nivel mundial.

Pat Reid fundó su primera banda de jazz, junto a 3 amigos, a los 14 años. A esa edad, también, acabó el colegio. Él sabía que la música no daba mucho dinero y decidió trabajar como astillero para ayudar a su familia. Ganaba una libra esterlina a la semana y la mitad de este dinero tenía como destino el sustento de su hogar. Se quedó trabajando en Irlanda por 5 años de esa manera hasta que otra crisis económica afectó sus sueños de progresar. Sin dinero con el que sustentarse decidió mudarse a Liverpool, a la tierra de The Beatles. Sin embargo, trabajo no consiguió. Un día, un compañero llamado Arnold, que se quedó también desempleado, le comentó de un trabajo sobre el que escuchó.

―Pat, me dijeron que en Perú están necesitando astilleros y técnicos navales como tú.

―¿Perú? ― respondió, Reid ― ¿Dónde es Perú?

― Creo que es por Río de Janeiro – contestó, con un poco de duda, Arnold.

Pat decidió postular a aquel trabajo en ese exótico país llamado Perú. Lo aceptaron y viajó, junto a otros 29 compatriotas, a aquella nación turbulenta que se encontraba bajo un gobierno autoritario de un militar llamado Manuel Odría. Llegó a la capital el 24 de junio de 1955 con más ansias de trabajar que de hacer música. No tenía idea de lo que Lima le deparaba.

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Pat en el estudio de su casa (Foto: Jairo Sotelo)

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Durante la década de 1950, Lima era una ciudad burbuja, partícipe de una realidad ficticia. Mientras más de la mitad de la población del Perú moría de hambre y frío en el interior del país, sin goce de los servicios básicos que necesitaban para sobrevivir, la sociedad limeña, en su mayoría de clase media o alta, se desentendía de los problemas internos. La capital era una ciudad extremadamente racista. En Lima, especialmente en su centro histórico, era muy difícil ver mendigos: la capital se había tragado y ocultado, en algún lado, a los hambrientos.

Eran épocas en el que las familias se creaban a través de un amor fundamentado en razones de parentesco social y económico. Las calles del centro de Lima eran tranquilas, vacías, llenas de muchas áreas verdes y reflejaban la vida de la clase acomodada capitalina. Las playas de la Herradura y Ancón eran las más visitadas por éstas. Jirón de la Unión era recorrido por señoras vestidas de suprema elegancia, con trajes de seda o terciopelo fino. Los hombres usaban tirantes, sombrero y corbata. No se despojaban de la chaqueta aunque el sol quemara como en el Sahara: era de mala educación andar únicamente en camisa.

La vida nocturna hacía de Lima una ciudad atractiva. En los alrededores de la Plaza San Martín, habían muchos bares que hacían divertida la vida de la aristocracia, de la clase media y alta de la capital.

―Los sábados, junto a cuatro compañeros más con los que vine de Liverpool, iba a la Plaza San Martín, porque ahí estaba el bar Negro Negro. Era un sótano aquel sitio. Ahí vi que había una batería pero no estaba alguien que la tocara. Una vez me decidí y subí al escenario a tocar: fue cuando comenzó acá mi carrera musical ― comenta Reid.

Era 1956 y Pat había llegado un año antes a Lima. Aún vivía en Miraflores, lugar en el que la Marina del Perú le dio alojamiento, en la calle Cantuarias 150. Se despertaba temprano para ir a trabajar. Siempre tenía que estar listo a las ocho de la mañana, hora en la que funcionarios de la Marina pasaban a recogerlos, para que trabajen arreglando o construyendo barcos del Estado.

En una ocasión, lo mandaron a la playa La Herradura, en la Costa Verde. Allí encontró un jazz club: se sintió como pez en el agua. En aquel lugar, nacieron Los Millonarios del Jazz.

―Allí conocí al pianista “Pepe” Morelli, al bajista Guillermo Vergara, al guitarrista Elías Ponce Jr. y al saxofonista Jorge Mirkin. Todos ya murieron ― comenta, con un poco de pesar, Reid.

Los Millonarios del Jazz comenzaron a tocar en aquel jazz club de la playa de La Herradura. Hacían covers en inglés de las clásicas canciones de Bill Haley, de las primeras piezas de un aún novel Elvis Presley y tocaban, además, sus propias creaciones que eran más melodía que letra. Vivían en un país latinoamericano y tercermundista, pero eso no fue motivo suficiente para que no canten en inglés. Pat era el líder, fundador y, también, el que le ponía voz a las canciones.

La historia cuenta que ellos fueron los primeros en lanzar al mercado un long play, un disco antiguo con varias de sus canciones. Era el año de 1957 y en las radios locales de la época sonaba el sencillo “Rock with us”, canción que da inicio al disco de un poco más de veinte minutos de duración. Este sencillo ha sido registrado para la posteridad como el primer tema propio del rock nacional.

―Yo vi tocar a Reid y a su grupo en el Negro Negro. Los Millonarios del Jazz sacaron una producción seis años antes que nosotros pero era así en grabadora ― menciona, despectivamente, Hugo Díaz, baterista de la banda Los Inkas Modernos, agrupación que es catalogada como la segunda en el país en sacar un disco.

El antiguo grupo de Díaz sacó un long play en 1963, siendo la primera banda nacional en sacar al mercado canciones en español, hecho que los hizo sentir como la primera agrupación de rock and roll en el Perú. Sin embargo, los historiados musicales no los definen como tal.

La importancia social que tiene la figura de Reid es la de ser el líder de la primera agrupación amateur en hacer rock and roll en el Perú. Su música fue escuchada en los demás países de Sudamérica, hecho que al parecer tuvo tanto impacto que llevó a que se creen bandas en Chile y en Argentina llamadas Los Millonarios del Ritmo y Los Millonarios del Rock, respectivamente.

―Reid no era un músico profesional, sino un aficionado con enormes habilidades. El instrumento que lo caracterizaba era la batería, con la que se lucía con un peculiar estilo, similar al de los bateros de las grandes bandas de swing y del jazz primigenio de Nueva Orleans ― comenta Francisco Melgar, un crítico de música que conoce lo hecho por Pat y su banda.

A Reid le gusta que lo describan usando términos ligados más al jazz que al rock and roll. Le fascina. No le gusta que digan que su agrupación es la primera en este género musical que cambió muchedumbres de jóvenes a nivel mundial: no le gusta el rótulo del fundador de la primera banda de rock and roll en el Perú.

―El rock and roll es un estilo de jazz. Tocábamos como copia de Bill Haley. La música que hacíamos era muy distinta. Adaptamos un poco de sus piezas y tocamos el estilo de rock solo en algunas canciones.

―Entonces, Pat, si hicieron rock and roll en algunas piezas― le respondo.

―Si, pero no fue en todas ― me contestó, con un poco de molestia, Reid.

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El primer y único LP de “Los Millonarios del Jazz”, Pat se señala a él mismo en la foto. (Foto: Jairo Sotelo)

Han pasado casi sesenta años desde que Los Millonarios del Jazz lanzaron al mercado musical su único long play, aquel disco que los definiría como la primera banda de rock and roll en el Perú. Han transcurrido varias décadas y el legado musical de la banda de Reid no es apreciado por muchos. El pasar del tiempo, en el Perú, a veces te arrebata los elogios alguna vez recibidos, te desecha y ocasiona que tu aporte social no sea valorado por los demás.

El bar Negro Negro, aquel lugar en el que comenzó su carrera musical Pat en el Perú, ya no existe más. Desde hace 6 años, el recinto volvió a abrir sus puertas pero con otro nombre y con nueva versión: De Groot Bar.

―Todos los que trabajamos en el De Groot somos menores de 40 años. No vivimos la época dorada del Negro Negro. Tampoco recuerdo haber escuchado sobre Los Millonarios del Jazz ― comenta, Jean Paul Sánchez, el administrador del nuevo bar.

Son las 10 de la noche del primer sábado de julio y el De Groot, aquel sótano disfrazado de bar ubicado en la Plaza San Martín, se encuentra parcialmente vacío. Ya no parece ser el lugar en el que la aristocracia iba a divertirse, aquel lugar majestuoso del que me comentaba Reid. Algunas mesas se encuentran ocupadas por parejas, que más que hablar y disfrutar de la música, se encuentran abrazadas y besándose sin parar. La música que despiden los parlantes, aquellas piezas icónicas de Pedro Suárez Vértiz, Soda Stereo, The Police, entre otras bandas del recuerdo, es lo único que alegra el ambiente. El escenario, colocado en una esquina del bar, se encuentra vacío. Aún no llega el cantante que se presentará, Jhovan Tomasevich para ser más exactos. La batería sigue vacía, tal y como la encontró Pat cuando llegó por primera vez al Negro Negro.

Lo único del De Groot que hace transportar a alguien 60 años en el pasado son las fotos en blanco y negro, colocadas en una pared del recinto, que hacen referencias a personajes de aquella época y, también, imágenes de personas celebrando en el Negro Negro. Hay una fotografía de Ray Charles disfrutando mientras toca el piano, otra en la que salen mujeres finamente vestidas mientras brindan con una copa llena de licor, una caricatura en la que sale Mario Vargas Llosa junto a otros personajes de la esfera cultural de aquella época y más fotografías que no alcanzo a observar porque una pareja se encuentra sentada y dándose besos delante de éstas, sin permitirme su visión.

Mientras trato de observar las fotografías que son ocultadas, el mozo viene hacia mi mesa y comenta:

―Son treinta soles.

En el De Groot, primero se tiene que pagar para poder beber en paz. Acababa de darle el dinero, cuando por simple curiosidad, le pregunté:

― Por si acaso, ¿sabes quiénes son los que están en las fotografías?

Él me miró, luego observó las fotografías y respondió:

―Ni idea, ah, pero si te quedas varias horas más, vendrá más gente mayor. Quizás ellos si sepan quienes son.

Le agradecí y él se retiró a traer mi cerveza. El olvido se ha convertido en un gran pesar y el recuerdo nos esquiva, tal vez, como castigo.