Viajar en taxi-colectivo desde Chorrillos al Centro de Lima [Crónica]

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El congestionamiento vehicular y el deplorable sistema de transporte obliga a muchos usuarios a recurrir a los famosos ‘colectivos’, quienes hacen de la desesperación del pasajero su forma de trabajo.

Av. Vía Expresa, ruta en donde los taxi-colectivos laboran esquivando a, velocidad, los demás autos en la transitada autopista rápida. (Foto: Diego Nuñez)

Redacción y video: Diego Nuñez

Huaylas es una de las principales avenidas del distrito de Chorrillos y también una de las más peligrosas para circular si tienes vehículo. Si son las siete de la mañana, por ella transitan cerca veinte empresas de transporte, entre couster, buses euro 3 y pequeñas combis; unos treinta autos particulares, otros treinta taxis-colectivos y unos pocos taxis que se estacionan en los paraderos para esperar algún pasajero que esté apurado. Si son las doce del mediodía la cantidad de taxis disminuye, pero la cantidad de carteristas aumenta para aprovecharse del tráfico y sorprender al más descuidado.

Se podría decir que la avenida Huaylas no es nada amigable, es un infierno si llevas más de veinte minutos esperando un micro o un taxi; por lo general, los micros siempre llegan llenos al paradero Matellini y los taxis elevan sus precios ante la desesperación de aquellos que salieron con prisa de sus casas. Mientras el paradero se va albergando de muchos peatones esperando un vehículo que los movilice, la oferta de los conocidos taxi-colectivos se convierte en una opción para tomar en cuenta si uno se juega un descuento en el sueldo por la tardanza.

Muchos de los colectiveros se presentan con un ‘station wagon’ del año 2000. Muchos de aquellos están maltrechos, descuidado como si los choques y abolladuras fueran parte de una forma de estilo propio del mundo de la informalidad. Un hombre robusto con polo negro, empieza a gritar las palabras ‘Tacna, Tacna’ de manera reiterada y con cierto ritmo, a pesar que su garganta sea exigida y logre entonar de manera raída, para llamar la atención de quienes aún persisten en el paradero. Su auto está casi vacío y soy el único cliente sentado en el asiento del copiloto. Le aviso que quiero hacerle una entrevista y me mira con extrañeza y desconfianza a lo que me responde: .-si pagas tu pasaje normal causa.- No hay pasajeros que quieran subir así que se dispone a seguir por la larga avenida Huaylas.

CARRO LLENO O ESPERA ETERNA 

¿Te vas a demorar mucho en llenar tu auto? -Le pregunto porque al igual que las combis, los colectiveros también practican el ‘chanteo’ cuando no hay clientes.

-Tengo que llenar mi carrito, sino no salimos de Huaylas. -Me responde. -Esto tiene sus horas, ahorita no hay gente, pero vamos hasta el final de la avenida y de seguro ya estaremos llenos.

Con mucha paciencia se dirige por la avenida y colocándose por los carriles más congestionados. Luego de seis paraderos sube una señora que avisa bajarse en Aramburú. Tres cuadras después, suben dos pasajeros más, otra señora y un joven que aparenta unos 24 años.

-Ahora sí nos vamos. -me aclara Víctor, como es así que se llama. Víctor Huallpa Rosales se levanta a las cinco de la mañana de lunes a viernes. A penas prueba el agua para arreglarse el corte de pelo y camina unas cuadras para recoger a su auto.  Luego sube al ‘station wagon’ para hacerlo calentar y le habla a su herramienta de trabajo como si fuese una persona “lindura ya despierta”, abre el portón en donde ‘lindura’ duerme y se marcha de la urbanización “San Genaro”, uno de los barrios más pobres de Chorrillos.

-Yo ya manejo por esta ruta desde los 18, ahora tengo 35 años, todos los días.

-¿Nunca ha taxeado?

-No porque ser taxista es pasear por todo Lima y comerme muchos ‘tráficos’. Tampoco se gana mucho chambeando como colectivero.

La ruta de todos los colectiveros chorrillanos puede empezar cerca del penal de mujeres Virgen de Fátima, otros pueden comenzar desde los Pantanos de Villa. Víctor empieza su jornada a las cinco de la mañana y su primer cliente es su paisano Mariano, el dueño del station wagon quien se lo alquila. Su comienzo de ruta es desde el taller del dueño y su primer cliente es el amigo.

-¿Dónde termina el viaje?

-Yo siempre voy hasta la avenida Tacna, allí estamos todos los colectiveros de Chorrillos. -Menciona mientras salimos por la quebrada ‘Armendáriz’ luego de pasar por el circuito de playas. Llegamos a la vía expresa y su teléfono empieza a sonar. Víctor contesta sin la menor preocupación de conducir con cuatro pasajeros por las curvas de la avenida. Empieza a reír sobre unas llantas que le debe a su interlocutor. Cuando me doy cuenta que no tiene puesto el cinturón de seguridad.

-¿Lo ha detenido antes? –Le pregunto.

-Sí claro, por supuesto, me han puesto muchas papeletas.

-¿Y en qué ocasiones le han puesto?

Los hombres de amarillo me paran parando por el centro (de Lima) y ahí me llenan de puntos-

-¿Y las papeletas?

-Bueno, sí, también me han puesto. -menciona. -Es que han sido las fotopapeletas, eso me ha obligado a guardar mi carro.

-¿Guardar?

-Tengo que esperar un año y medio para que las papeletas prescriban pues. -Me dice

-¿Es rentable trabajar haciendo taxi-colectivo?

-Al día saco unos cien o ciento 20 o 30 soles, dependiendo de la jornada y los pasajeros.

-¿Y cuánto te cuesta el alquiler?

-Mi paisano me cobra setenta soles al día, es casi la mitad de lo que saco acá.

Lleva trabajando desde los 18 años en la misma ruta como colectivero, desde Chorrillos hasta el Centro de Lima. Ahora, a sus 35 años mantiene un hogar con dos hijos y piensa que en algún momento su herramienta de trabajo acabará en el depósito de autos. No le alcanzaría pagar como cuatro mil soles de multa para recuperar su auto si en algún momento se lo incautan.

Víctor me cuenta sobre sus anteriores papeletas mientras vamos por la vía expresa a una velocidad de 100 kilómetros por hora. No usa el cinturón porque la correa no lo deja manejar bien. Por momentos solo utiliza un brazo y de vez en cuando saluda a un colega suyo -otro colectivero chorrillano- a gritos, suelta una risa después de haberle lanzado un vituperio y vuelve a poner las manos en el volante con la misma seriedad con la que me recibió.