Ni cruzada ni locura

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bnsj15a3bfa461cc882e91c21480a3508ce0Texto: Ramiro Escobar / Foto: Google

Aun cuando lo ocurrido en París el viernes 13 llame a la indignación, al asombro y el estupor, es menester entender qué está pasando en estos momentos no sólo en Europa, en Oriente Medio, sino en el mundo. Es indispensable asumir, para comenzar, que los atentados del Estado Islámico (EI) no son, en modo alguno, un mero acto de locura.

Son unos crímenes horrendos, es cierto, hechos con perversidad. Pero, en rigor, son el resultado de una estrategia bien montada por este movimiento yihadista (islamismo radical armado) que ya controla un vasto territorio, de miles de kilómetros cuadrados, en Siria e Irak. Son, en suma, parte del accionar de un grupo que tiene claros objetivos políticos.

¿Cuáles? El primero de ellos es mantener el control de dicho enclave, donde está asentado  un autodenominado Califa (Al Bagdhadí), quien tendría el deber de gobernar nada menos que a todos los musulmanes del mundo. No es poca cosa. El ‘efecto llamada’ que puede tener esto para musulmanes extremistas de todo el mundo está resultando poderoso.

No es mayoritario en todo el conjunto del Islam (1,500 millones de personas), solo es una pequeña fracción. Aun así, está promoviendo en el mundo árabe y musulmán una sensación de guerra que está alcanzando peligrosas proporciones. Ha provocado algo más esta incursión sangrienta en Francia: llevar la guerra, en cruel y en directo, hacia otras regiones.

Ya hubo un atentado en Turquía, el derribo de un avión ruso en Egipto, dos atentados simultáneos en el Líbano (el mismo día de los de París). El EI parece estar jugando ahora con más énfasis en dos escenarios: el del Califato que controla y los propios territorios de sus enemigos.  Francia, además, está en la mira por otras razones de índole histórica.

Fue potencia colonial en Siria, uno de los países donde ahora se asienta el EI, lo que, junto con la religión, en el imaginario yihadista alimenta un resentimiento que sirve de combustible al enfrentamiento. Europa, bajo esa mirada, no sólo es infiel sino una potencia ocupante, lo mismo que Estados Unidos, que tantas veces ha jugado a gendarme mundial.

Lo que hace el EI tampoco es una cruzada, por la simple razón de que los musulmanes no creen en la cruz, y menos aún los más extremistas. Llamar así a las acciones que desarrollan es perder el norte, el entendimiento, frente a un problema que requiere información, análisis. Y también sensibilidad, pues las víctimas, hace tiempo, son de varios lados.

Hemos de solidarizarnos con los franceses y, a la vez, con los libaneses, con los turcos, con los rusos, con los propios sirios o iraquíes, que sufren el embate del EI más directamente. El terror no tiene patria, ni religión; cuando se ejerce tiene el propósito de amedrentar a los civiles, incluso de acabar con ellos. Es la forma más brutal y condenable de hacer política.